
Esta entrada recoge el texto de un artículo escrito junto a Juan Mulet Meliá, Ex-Director General de COTEC, y publicado el pasado 18 de marzo en el períodico El Economista.
El convulso marco geopolítico actual ha ido convenciendo a los líderes europeos de que hoy resulta ineludible y urgente atender las tareas de defensa, tanto en sus aspectos de seguridad como industriales y laborales, lo que ya reclamara el Consejo Europeo en una fecha temprana y un contexto internacional bien diferente, el de diciembre de 2013. Así lo han ratificado recientemente dos Consejos celebrados en 2025 en los que se ha reconocido “la urgencia de reforzar la base tecnológica e industrial de la defensa europea en toda la Unión” y al parecer, se plasmará próximamente en la creación de un Important Project of Common European Interest de Defensa, según acaba de anunciar em España el comisario Andrius Kubilius.
El conocido Informe Draghi sobre la competitividad de la industria europea señala las principales deficiencias que presentan los sectores de defensa. Dependen de un presupuesto de gasto reducido por parte de los estados miembros y carecen de un enfoque tecnológico potente, lo que se traduce en un esfuerzo de I+D muy pequeño, que equivale tan solo al 8% del de EE.UU. Por otra parte, en respuesta a los intereses y necesidades de cada país, el mercado europeo está muy fragmentado, lo que, además de sacrificar economías de escala en la producción, amplias en un sector tan intensivo en capital, limita la estandarización e interoperabilidad de los equipos.
Adicionalmente, los estados miembros apenas coordinan sus compras públicas, no más de un 18 por 100 de su total, lo que dificulta que la industria pueda predecir la demanda a largo plazo y acomodar a ellas su oferta, un grave inconveniente, habida cuenta de que los ciclos de producción son largos. Como consecuencia, se facilita considerablemente el acceso de los suministradores extranjeros al mercado europeo (que absorbieron el 78 por 100 de las compras públicas en 2022-2023, según el informe antes citado, correspondiendo a los EE.UU. cuatro quintas partes de ese porcentaje).
Sin embargo, todo parece indicar que las condiciones del mercado europeo descritas van a cambiar radicalmente en los próximos años, en primer lugar, por el mayor gasto de defensa comprometido por los estados miembros, bajo el paraguas de la OTAN, y en segundo lugar, por la mayor coordinación de las compras públicas de equipamientos que tendrá lugar. Esta nueva perspectiva ofrece una gran oportunidad para avanzar en la reestructuración y consolidación de la industria europea, que cuenta con áreas muy competitivas y con abundantes exportaciones, como las producciones de tanques, submarinos convencionales, aviones de transporte y buques, o aplicaciones aeroespaciales clave para la navegación por satélite y la vigilancia ambiental y del cambio climático.
Compartiendo los problemas de la industria de defensa europea, la española posee también indudables fortalezas competitivas, como indica el hecho de que encabece la innovación dentro de la industria española, exporte más del 60 por 100 de la producción, cerca de 10 mil millones de euros, y se encuentre integrada en programas europeos estratégicos (Eurofighter, A400M…) Posee capacidades tecnológicas propias en sistemas navales, aeronáutica militar, sensores, radares y sistemas de seguimiento y control de vuelo, guerra tecnológica, ciberdefensa, satélites, que permiten contar con más de 500 empresas, entre las que sobresalen el selecto grupo de todos conocido, Indra, Navantia, Airbus, Santa Bárbara, EM&E, Sapa Aerospace, Expal Munitions, con amplias capacidades tractoras sobre el amplio y potente conjunto de PYMES, muy especializadas y con apreciables desarrollos tecnológicos en diferentes nichos.
En el marco europeo, España destaca por su capacidad de exportación relativa y experiencia en campos tan exclusivos como los sistemas de control de tráfico aéreo de Indra o tan competitivos como la construcción naval de Navantia., sin contar con la potencia española en sistemas espaciales en control y operación de satélites o mecanismos espaciales de alta precisión. Aún así, la dimensión de sus principales empresas resulta reducida cuando se compara con las principales empresas francesas o alemanas (Thales, Dassault Aviation, Rheinmetall ) e incluso con la italiana Leonardo.
La reordenación y consolidación de la industria de defensa europea es el proceso inevitable que se ha abierto ya con el fin de desarrollar nuevas y más avanzadas producciones, que reduzcan la dependencia exterior, e incrementar la competitividad de las ya acometidas. Como es lógico, la contribución de cada país a este proceso, en forma y cuantía, dependerá del esfuerzo que acometa en innovación y reorganización de su tejido productivo. Es indudable que España puede y debe aspirar a ocupar una importante posición en la nueva industria europea, pues, aunque sus empresas son más pequeñas que sus principales socios comunitarios, ofrecen una indudable capacidad tecnológica que las hacen socios muy atractivos, tanto por su agilidad como por sus especializaciones.
En todo caso, el ambicioso Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa recientemente aprobado busca mejorar de forma sensible las credenciales de la industria española de cara a este proceso, facilitando que las empresas ganen tamaño, refuercen las capacidades tecnológicas que poseen, y desarrollen otras en áreas relacionadas y enfrentadas a mercados expansivos, tratando de evitar distracciones en áreas tecnológicas y en segmentos de mercado donde la experiencia española es mucho menos reconocida en Europa, y en los que la probabilidad de éxito es baja.
En este marco, cobran sentido los planes de Indra para aumentar sus actividades y dimensión y convertirse en un verdadero campeón nacional. Se trata de una de las compañías más grandes de España, tanto en defensa como en tecnología, que participa en sistemas electrónicos, comunicaciones militares, radares, simuladores, ciberseguridad y proyectos internacionales y ha demostrado una indiscutible capacidad de atraer a su red de proveedores de más de mil empresas españolas, más de la mitad PYMEs. Su objetivo actual de extenderse a los sistemas de comunicación y vigilancia terrestres posee, así mismo, todo el sentido.
Con todo, la política industrial desplegada en este sector debe tratar de perfilar algunos otros extremos, en orden a crear un verdadero ecosistema industrial de defensa. En primer lugar, huir de favorecer las posiciones de monopolio, estimulando en cambio la competencia entre empresas, sobre todo en aquellos segmentos de gran solidez tecnológica, donde la rivalidad sólo ofrece beneficios, tal y como señala el reciente Premio Nobel de economía Phillip Aghion. En segundo lugar, apostar a fondo por la innovación, privilegiando a aquellas empresas que desarrollan tecnologías propias y de posible aplicación a la industria civil, favoreciendo la cooperación entre empresas y creando fondos de capital para el surgimiento de starts up, el vehículo privilegiado para progreso tecnológico. En tercer lugar, fomentar la formación especializada, asegurando el cultivo del talento con el que conducir unas empresas tan delicadas dentro del espacio comunitario. En cuarto lugar, en fin, crear capacidades de coordinación entre las empresas y sus clientes, las administraciones públicas nacionales e internacionales, así como entre empresas públicas y privadas. Esto es clave para asegurar el respecto y la cooperación entre compradores y vendedores. Podría pensarse, al respecto, en algún tipo de agencia nacional para la defensa.
En definitiva, España tiene la fortuna de disponer de fondos que puede y debe destinar a su industria de defensa que muestra un gran potencial de desarrollo y se enfrenta a un gran momento de expansión de la demanda y reconfiguración de su dimensión y estructura en el plano europeo. No perdamos la oportunidad.




