Al valorar el reciente acuerdo comercial de la UE con EE.UU. en este blog (aquí), he resaltado la importancia de los programas de compras de combustibles y armamento comprometidos, y sobre todo el de inversión directa, que alcanza un valor de 600 mil millones de euros, aun cuando ésta cifra parece simplemente recoger la cuantía de los proyectos de inversión en ciernes de las grandes empresas europeas en suelo estadounidense.

A propósito de este mismo asunto, Paul Krugman apunta con acierto dos consideraciones (aquí). De una parte, que no se establece un programa temporal para ese plan de inversión, aunque podría suponerse que es el mismo que el fijado para las compras, de tres años, y de otra, que no está en manos de la Comisión Europea garantizar su cumplimiento, menos aún de lo que lo están las compras de combustibles.

Sugiere también Krugman que probablemente Donald Trump no tiene intención de vigilar el cumplimiento de esos acuerdos de compras e inversiones, como tampoco lo tuvo de controlar las cuantiosas compras de productos agrarios y energéticos a las que comprometió a China en 2019, durante su primer mandato. En mi opinión, el presidente de EE.UU. probablemente piensa que sus seguidores se alimentan más de la humillación a sus supuestos “enemigos”, que de la eficacia de las acciones emprendidas contra ellos.

En todo caso, una mirada a los datos de la inversión directa europea en EE.UU. conduce también al resultado de no dar demasiada importancia al citado compromiso de inversiones. Según el Bureau of Economic Analysis (BEA), la IED recibida de Europa por EE.UU., valorada a los costes históricos, y medida en dólares, superó ya en 2024 el valor de 200 mil millones de dólares. A priori pues, no parece difícil que en tres años acumule una cifra de 600 mil millones de euros, aunque no resulta fácil hacer predicciones observando la evolución de la IED, y aún menos en el marco actual de incertidumbre.

Como muestra el gráfico adjunto, después de la crisis financiera, la IED recibida por EE.UU. ha tendido a crecer ligeramente, sin que aparezca una tendencia suficientemente bien definida. También se ha ampliado la brecha entre la IED recibida y la emitida, cambiando la posición de EE.UU. en la IED internacional, desde emisor neto a receptor neto, pero ya se produjo un cambio semejante en los años finales del decenio de 1990 y los primeros del 2000, y también recientemente, en 2023, se anotó una posición neta emisora puntual. Europa responde del 64 por 100 del stock de inversiones recibidas por EE.UU., según el BEA, con un papel destacado de Alemania, Reino Unido, Francia, Irlanda, España y Bélgica, además de los países que intermedian la IED (Luxemburgo y Países Bajos).

 

El ascenso de la IED recibida por EE.UU. en 2024 ha sido cercano al 20 por 100, y resulta muy singular en el marco de reducción general de la IDE en el mundo que ha caracterizado al pasado año, con una caída global del 11 por 100, según el World Investment Report 2025 de la UNCTAD, de la que sólo escaparon las áreas de Norteamérica y África. La explicación del caso estadounidense parece encontrarse, según este informe, en los megaproyectos de semiconductores y energías limpias impulsados por la Chip Act y la Inflaction Reduction Act, ambas promulgadas por la Administración Biden, que promovieron sobre todo estrategias de fusiones y adquisiciones.

Es posible que estas medidas sigan ofreciendo aún un estímulo a las entradas de capital productivo en los EE.UU., pero las referidas a las energías limpias se encuentran hoy amenazadas por la Administración Trump, y es dudoso que los aranceles que ésta impone a los diferentes países vayan a actuar como un nuevo acicate, dado sus esperados efectos negativos sobre la economía estadounidense y sobre la economía global, sobre todo en términos de una creciente incertidumbre. No puede pues sorprender el diagnóstico del informe citado de la UNCTAD sobre el año en curso: “A pesar del optimismo de enero sobre una recuperación continua en la actividad de fusiones y adquisiciones, ésta se redujo drásticamente en el primer trimestre de 2025, alcanzando los niveles más bajos desde la crisis financiera mundial”(página 13).

En todo caso, las empresas europeas necesitarán seguir invirtiendo importantes recursos en EE.UU. para beneficiarse de su gran mercado y de su elevada capacidad tecnológica. Según los datos que ofrece el BEA del stock de IED, las inversiones de Europa en EE.UU. se han dirigido por partes iguales a las manufacturas y a los servicios. En las primeras, destaca un 18 por 100 del total del stock acumulado en química, algo más de un 4 por 100 en computadores y equipos informáticos, y porcentajes similares en maquinaria y equipo de transporte. En servicios, sobresalen las inversiones acumuladas en el comercio mayorista y minorista, la informática y las finanzas.

Son escasos los análisis acerca de los determinantes de las inversiones de las europeas en EE.UU., pero cabe intuir que muchas de ellas tratan de explotar las ventajas competitivas de las empresas europeas en el gran mercado estadounidense (químicas, o vehículos) y otras buscan el aprendizaje de determinadas tecnologías, digitales, de marketing o de otra índole.

Aunque un decidido impulso de la inversión en el interior de Europa, en el marco de la autonomía estratégica, desanimaría algunas de las inversiones previstas en EE.UU., tendería sobre todo a elevar el volumen global de la FBC, estancada hoy en el nivel real de 2019, y por debajo de el, medida en relación al PIB.

Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid. Miembro del Consejo Académico del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard y de los Consejos de Redacción de varias revistas económicas.

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