Esta entrada ha sido elaborada junto con María Elisa Álvarez López, Profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Valladolid.

El Informe Draghi señala que la Unión Europea ha perdido competitividad con respecto a EE.UU. desde el comienzo del actual siglo. Este diagnóstico se basa en múltiples indicadores globales y sectoriales, pero, ante todo, en un menor avance del PIB per cápita y, máxime, de la productividad del trabajo en la UE, cuando estas magnitudes se miden en paridades del poder de compra constantes. Según se explica en el citado informe: La principal razón por la que la productividad de la UE divergió de la de EE. UU. a mediados de la década de 1990 fue la incapacidad de Europa para capitalizar la primera revolución digital impulsada por internet, tanto en términos de creación de nuevas empresas tecnológicas como de difusión de la tecnología digital en la economía. De hecho, si excluimos el sector tecnológico, el crecimiento de la productividad de la UE en los últimos veinte años estaría prácticamente a la par con el de EE. UU. (Informe Draghi, Parte A, página 20). A continuación, el informe aborda tanto un análisis de los factores que se encuentran detrás de esta realidad, como de la situación de diversos sectores productivos clave.

Este diagnóstico ha sido criticado recientemente por Paul Krugman en diversas entradas en Substack ( véase aquí , aquí y aquí ). En ellas apunta que, puesto que esas ganancias de productividad estadounidenses se han transformado en menores precios de los productos TIC, contribuyendo a abaratar el conjunto de la producción estadounidense, cuando el PIB per cápita y la productividad del trabajo europeos se miden a los precios corrientes norteamericanos (paridades del poder de compra corrientes), no se observan los retrasos apuntados en su evolución comparada, lo que indica que el bienestar europeo se ha expandido al mismo ritmo que el de EE.UU. Por otra parte, es sabido que los europeos sacrifican PIB per cápita para dedicar menos horas al trabajo, y hacen frente a mayores impuestos para lograr una mayor equidad en la distribución de la renta. Eso no quita, señala también este autor, que deban preocuparnos, tanto el que Europa sea tan dependiente de EE.UU. en las tecnologías del futuro, como que no ejerza un poder internacional acorde con su tamaño productivo y su desarrollo institucional.

Desde otra perspectiva, Gabriel Zucman, descubre una evolución paralela de los niveles de vida de EE.UU. y la UE en el periodo posterior a la crisis financiera, calculando la ratio renta nacional por adulto, que en ambas economías habría crecido a un ritmo anual del 1,1 por 100, debido a un aumento más rápido del número de adultos en EE.UU. (véase aquí)

Pues bien, en esta entrada se pone el foco en otro aspecto de la competitividad, la revelada en el comercio exterior de bienes, que de forma análoga a la que se obtiene comparando las evoluciones del PIB y de la productividad del trabajo con las de un competidor, se mide en función de la variación relativa de las exportaciones de bienes, que suelen expresarse en porcentajes o cuotas del total mundial. En el Gráfico 1 se recoge este indicador, con los flujos expresados en dólares constantes de 2015, para cada una de las principales potencias comerciales, UE, EE.UU., China y Japón, en los años transcurridos del presente siglo. En el caso de la UE, se distingue entre el comercio intracomunitario y el extracomunitario, y se incluye además a Alemania, por su gran relevancia, a pesar de que también está incluida en los totales comunitarios.

Puede observarse que la UE continúa dominando hoy la oferta global de bienes, mostrándose como la economía más abierta al exterior, algo de lo que sus dirigentes hacen gala con frecuencia. Con datos referidos a 2025, responde del 24 por 100 del total, sumando el mercado intracomunitario y el extracomunitario, seguida de cerca por China, que anota casi el 20 por 100. Lejos quedan EE.UU., con el 9 por 100, y Japón con el 4 por 100. La gran distancia que mantiene la UE respecto a EE.UU., sorprendente dada la mayor dimensión económica y poblacional de este país, se explica principalmente por tres srazones. En primer término, la UE se compone de 27 naciones de menor magnitud, que necesitan en una medida mayor de los mercados exteriores para lograr las economías de escala necesarias en sus producciones. En segundo lugar, entre los Estados miembros comunitarios existen barreras no arancelarias de importancia que limitan el comercio entre ellos, a diferencia de lo que sucede entre los estados norteamericanos. Finalmente, la economía estadounidense produce más servicios y menos bienes.

En todo caso, lo relevante en este análisis no son los niveles de las cuotas, sino sus evoluciones, pudiéndose advertir que, desde comienzos del siglo actual, ha tenido lugar un cambio monumental en los pesos relativos de las economías consideradas, debido al ascenso de China tras su adhesión a la OMC en 2001. En ese año, esta nación solo representaba el 3,79 por 100 de las exportaciones mundiales de bienes, un porcentaje inferior al de Japón, Reino Unido, Francia o Italia, y por debajo de la mitad del correspondiente a Alemania. El rápido aumento de su cuota, derivado de la facilidad de acceso a los mercados mundiales que le otorgó su nuevo estatus, explica en buena medida el encogimiento de la participación de los demás países, que se produce de forma muy vertiginosa hasta 2007, cuando se inicia la crisis financiera. Este shock chino tuvo, y sigue teniendo, importantes efectos sobre el tejido industrial en EE.UU. y en Europa, como han mostrado diversos trabajos (véase aquí). Su impacto se modera, sin embargo, a partir de 2010, pero no cesa, sino que incluso se acelera a partir de la llegada de Donald Trump a la presidencia de la Casa Blanca y, sobre todo, después de la pandemia del coronavirus, siendo los dos últimos años, 2024 y 2025, de gran expansión.

Las variaciones en la cuota de un país en la exportación mundial de bienes están determinadas por el crecimiento relativo de su PIB, la evolución de sus precios relativos, medidos en moneda común, la expansión relativa de los mercados en los que se concentran sus ventas exteriores, y otros factores que suponen transformaciones profundas en el comercio internacional, como la construcción de cadenas globales de valor (CGV) en la etapa de hiperglobalización entre 1988 y 2008.

Cada uno de los elementos citados ha favorecido el ascenso de la cuota de China tras su entrada en la OMC. Mientras que el rápido crecimiento económico y la construcción de CGV desempeñaron un gran papel en los primeros años de este siglo, los bajos precios lo han hecho en los dos últimos, de clara subutilización de las capacidades productivas chinas, como han puesto de relieve diversos autores.

La reducción de la cuota europea ha sido particularmente intensa, tanto para el comercio intracomunitario como para el extracomunitario. Ambas se han recortado desde el año 2000 de forma similar, un 37 por 100, frente a solo el 12 por 100 de la estadounidense, quizá resultando lógico que la economía con mayor participación se haya visto más afectada. Por otra parte, es probable que en EE.UU., al contrario que en la UE, el shock chino se haya dejado notar más en la producción y en el empleo que en las exportaciones, de ahí la mayor resonancia que ese shock ha tenido siempre en ese país.

Existe, no obstante, una diferencia temporal entre ambas economías, pues la cuota estadounidense disminuye sobre todo antes de la crisis financiera, mientras que la europea lo hace de forma algo más acentuada después. Más específicamente, la cuota de la UE se ha reducido muy sensiblemente desde la pandemia, no sólo por el débil crecimiento de las economías europeas. Europa ha visto encarecerse su energía y recrudecerse la competencia china en sus mercados, ante las barreras establecidas por Donald Trump y la baja ocupación de las instalaciones productivas del gigante asiático, que además ha emprendido un notable proceso de sustitución de importaciones con repercusiones negativas sobre las compras que realiza a la UE.

Los principales países europeos han registrado también sendas rebajas en sus cuotas a lo largo de todo el período considerado aquí, por encima de la media en Francia, Italia, Alemania, y Reino Unido, y por debajo en España y Portugal.

Así pues, cuando se compara con EE.UU., a fin de volver al debate acerca del rezago competitivo de la UE que daba inicio a esta entrada, parece clara la conclusión: Europa pierde competitividad exterior con respecto a EE.UU. de forma muy considerable. Sin embargo, esta conclusión solo revela una parte de la verdad, ya que si se examina la ratio exportaciones UE/exportaciones EE.UU. en valores corrientes, aparece otra dinámica, como revela el Gráfico 2. Aquí las exportaciones comunitarias totales se sostienen con relación a las estadounidenses, expresadas en dólares corrientes, en torno a un ratio de 3,5 (1,5 para las extracomunitarias), indicando la capacidad de la UE para exportar productos de alto valor relativo, medidos en la moneda más común en el comercio mundial, el dólar.

Es más, si se desciende a un plano sectorial, utilizando los datos desagregados que proporciona The Atlas of Economic Complexity, se comprueba que, a lo largo de todo el periodo, Europa (no sólo la UE) solo retrocede, frente a EE.UU., en metales y minerales, y no en las demás actividades contempladas (Gráfico 3). La exportación de minerales ha crecido mucho en EE.UU., impulsada por el petróleo y el gas natural, pasando del 0,77 por 100 del total en el año 2000, al 9,21 en 2024.

De esta forma, en lo que respecta a la competitividad exterior de la UE y de EE.UU., puede decirse que la UE se rezaga mucho con respecto a su competidor cuando las exportaciones se miden a precios constantes, pero  evoluciona a la par si se miden en términos nominales, gracias al mayor valor unitario de sus ventas exteriores y a efectos de precio y tipo de cambio. Por tanto, la erosión de competitividad de la UE se revela más en el volumen de sus ventas al resto del mundo que en su capacidad de generación de valor exportador. Esta es, no obstante, una conclusión poco consoladora que, lejos de conducir a la complacencia, debe llevar a reclamar una ambiciosa apuesta por la transformación productiva y la política industrial y comercial.

 

 

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