Por María Miyar Busto, Colaboradora de Funcas y Profesora de Sociología de la UNED.

En el mundo hiperconectado de 2020, en el que tenemos acceso a todo tipo de estadísticas, información jurídica y medios de comunicación extranjeros, no ha sido hasta finales de agosto cuando ha calado en la opinión pública la idea de que las restricciones para contener la pandemia en España son las más duras del entorno europeo.  A pesar de que hasta hace unos meses nos enterábamos al instante de cualquier curiosidad sucedida en Nueva York, desde una plaga de ratas en el metro hasta una cola kilométrica para comprar el nuevo postre de moda, no ha sido hasta septiembre cuando ha circulado extensamente la información sobre su favorable evolución de la epidemia, que mantiene, ya desde junio, el número diario de nuevos casos a niveles muy bajos. De hecho, ni siquiera las masivas manifestaciones vinculadas al movimiento Black Lives Matter al principio del verano parecen haber causado un repunte de los casos en la ciudad que fue el epicentro de la pandemia en las primeras semanas de abril. De nada de eso se habló en España hasta el final del verano.

La percepción de que la nueva normalidad se parece mucho más a la vieja normalidad en los países vecinos que en España se ha ido asumiendo poco a poco a través de las experiencias de españoles que viven fuera y que han pasado el verano aquí o que han circulado vídeos en las redes sociales. La información llegó antes a los ciudadanos que a los periódicos.  Por su parte, la conciencia de la buena situación en Nueva York no se ha extendido hasta que el epidemiólogo Miguel Hernán, español residente en Boston, lanzó una comparativa en Twitter sobre las situaciones de Madrid y Nueva York de la que más tarde se hicieron eco diversos medios de comunicación.

Esta lentitud con que la opinión pública ha asimilado la información sobre la vida cotidiana en otros países está estrechamente relacionada con la práctica desaparición de la movilidad internacional durante los últimos meses. Según los datos de una encuesta recientemente publicada por Funcas, solo un 3% de los españoles visitaron el extranjero por vacaciones este verano, mientras que en el de 2019 lo hicieron el 16% (gráfico 1). Las consecuencias de este parón van más allá de los efectos sobre el sector turístico español y afectan también al grado de conocimiento que los ciudadanos tienen de lo que sucede en el mundo y en su propio país. Algunas voces han tildado de frívola la creciente preferencia por el turismo internacional, así como de dañina sobre los destinos masificados y sobre el medio ambiente. Pero tampoco se pueden pasar por alto los beneficios que reporta, tanto económicos para las sociedades receptoras como en términos de su impacto sobre la visión y comprensión del mundo que los viajeros adquieren y aportan a sus sociedades. El conocimiento de la cotidianidad en otros países contribuye a entender mejor lo que ocurre en el propio país porque permite observar la sociedad propia como extraña. La visión internacional es más necesaria aún en un país como España, donde los medios de comunicación y el debate público viven en gran parte ajenos a la perspectiva internacional, enredados en discusiones y rencillas nacionales.

Gráfico 1: Viajeros al extranjero por ocio o descanso sobre el total de personas, España veranos 2019 y 2020 (%)

Fuente: Encuesta Funcas sobre el coronavirus, septiembre 2020.

Este valor de la movilidad internacional se deriva directamente de los beneficios de la presencialidad, que es también fundamental para los grandes acuerdos empresariales. A pesar de la euforia de los que vislumbran un futuro de reuniones virtuales, cuesta creer que el dinero invertido por las empresas en viajes de trabajo en las últimas décadas no tuviera un sentido económico. Los grandes acuerdos de negocios, aquellos que mueven dinero y crean empleo, se realizan en persona. Del mismo modo que los mandatarios europeos han celebrado cumbres para tomar decisiones sobre la contención de la pandemia, los fondos de recuperación o las tensiones en el mediterráneo oriental, no se puede esperar que las empresas tomen grandes decisiones de inversión de otra forma. Sin embargo, las perspectivas de recuperar el dinamismo internacional anterior a marzo están en entredicho. Al cierre de fronteras con casi todos los países latinoamericanos (tan fundamentales como socios comerciales), Estados Unidos (la gran potencia mundial) y los países asiáticos (con su dinamismo económico) se han sumado recientemente nuevas restricciones y recomendaciones relativas a los viajes de otros países europeos con España.

Afortunadamente, en las últimas semanas han aparecido innovaciones, como los nuevos test rápidos, que pueden ayudar a facilitar la movilidad internacional y a que España vuelva a remar hacia afuera. En la lista de deberes para construir un mejor futuro para la sociedad española, mantener la apertura al mundo que ha contribuido a que España sea un país más moderno, dinámico e innovador en las últimas décadas es un medio y un fin que no puede desatenderse. España no puede permitirse seguir confinada del exterior.

 

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