Por qué el PIB per cápita relativo dice cosas opuestas según cómo se mida — y qué nos dice el caso español
Pocas discusiones recientes de economía aplicada han sido tan instructivas como la que enfrentó, a finales de 2025 y comienzos de 2026, a Paul Krugman con Philippe Aghion, Antonin Bergeaud y Luis Garicano. El objeto del debate parece técnico —cómo convertir el PIB de distintos países a una moneda común— pero la conclusión es de primer orden político: ¿está realmente Europa, y España dentro de ella, quedándose atrás respecto a Estados Unidos, o es ese retraso en buena medida un artefacto de medición?
El gráfico que sigue reproduce, para España y para el conjunto de la zona euro, exactamente la figura que Krugman popularizó para el área euro. Mide el PIB per cápita como porcentaje del estadounidense con dos varas de medir distintas, y el resultado es desconcertante: las dos líneas cuentan historias opuestas.

PIB per cápita como % de EE.UU. Líneas sólidas: España; discontinuas: zona euro. “PPP” emplea la paridad de poder adquisitivo corriente de cada año; “precios constantes 2021” ancla la paridad de 2021 y deja que la serie evolucione con el crecimiento real de cada país. Fuente: Banco Mundial.
Dos líneas, dos relatos
La línea clara —PIB per cápita en dólares internacionales constantes de 2021 (“precios constantes 2021”)— recoge esencialmente las diferencias de crecimiento real: fija la estructura de precios de un único año y deja que la distancia entre países la marquen sólo las tasas de crecimiento del volumen. Para la zona euro cae de un 84% del nivel estadounidense en 2001 a un 75% en 2024. Para España la caída es más pronunciada: del 75% al 64%. En esta métrica, Europa —y España con más motivo— diverge de EE.UU.
La línea oscura —PIB per cápita en dólares internacionales corrientes (“PPP”)— recalcula la paridad de poder adquisitivo cada año. En esta métrica la zona euro está plana o incluso converge (del 71% al 77%), y España sube del 62% al 68%. Vista así, Europa no se queda atrás: sostiene, e incluso mejora, su posición relativa.
¿Cuál es la buena? Aquí empieza el desacuerdo.
La lectura de Krugman: el retraso es, en gran parte, un problema de medida
Krugman parte de un hecho que no discute: durante más de 25 años la productividad medida —producto real por trabajador— ha crecido más deprisa en EE.UU. que en Europa. Pero añade tres matices que, en su opinión, vacían de dramatismo esa brecha.
- Primero, casi toda la diferencia se concentra en el sector tecnológico. La tecnología de la información supone alrededor del 8% del producto privado estadounidense pero explica cerca del 45% del crecimiento de la productividad de EE.UU. desde 1988. Si el gap es básicamente un fenómeno de un sector, su lectura agregada es engañosa.
- Segundo, la productividad del sector tecnológico es notoriamente difícil de medir. Los índices hedónicos que intentan capturar cuánto “mejor” es un chip que ejecuta mil veces más instrucciones dejan un margen de discrecionalidad enorme; Brad DeLong sostiene, además, que se infravalora la productividad fuera de la tecnología.
- Tercero —y es su argumento de bienestar— una mayor productividad tecnológica en EE.UU. no se traduce mecánicamente en un mayor nivel de vida relativo de los estadounidenses. Si hay competencia, las ganancias de productividad se trasladan vía precios más bajos a los consumidores de ambos lados del Atlántico. El europeo se beneficia del abaratamiento del software aunque no lo produzca.
Para Krugman, que la línea de PPP corriente esté plana es precisamente la prueba de que, en términos de poder adquisitivo efectivo, Europa no se ha empobrecido frente a EE.UU. Su comparación entre California y “el resto de Estados Unidos” ilustra la idea: California muestra una divergencia de productividad enorme respecto al resto del país, y sin embargo no concluimos que el resto de los estadounidenses se hayan empobrecido en términos absolutos.
La réplica de Aghion, Bergeaud y Garicano: comparar precios entre países no es medir el crecimiento
La respuesta de Bergeaud y Garicano —con Philippe Aghion, flamante Nobel 2025— es de una precisión quirúrgica y ataca el cimiento del argumento de Krugman: la línea plana de PPP corriente no mide crecimiento real, y por tanto no puede usarse para negar el retraso.
Su distinción central es elegante. Una PPP compara precios entre lugares en un momento dado —es, en esencia, un tipo de cambio construido con bienes, como el índice Big Mac. Un deflactor, en cambio, compara los precios de un mismo país a lo largo del tiempo. Son preguntas distintas. Encadenar PPP corrientes año tras año —que es lo que hace la línea oscura— no devuelve la diferencia de crecimiento real entre dos países: devuelve esa diferencia más un residuo de precios, el grado en que la paridad entre países se ha movido respecto a lo que predecirían las inflaciones nacionales. Ese residuo no contiene información alguna sobre cuánto más produjo cada economía.
Lo demuestran con un dato contundente. Si se toma la paridad Francia-EE.UU. de 1995 y se arrastra hacia adelante de dos maneras —con la PPP corriente y con los deflactores nacionales— las dos series coinciden hasta 2005 y luego se separan hasta acumular unos 18 puntos logarítmicos de diferencia en 2024. Esa brecha basta para neutralizar casi toda la divergencia de crecimiento medida entre Francia y EE.UU. Y su tabla de siete fuentes independientes (cuentas nacionales, EU KLEMS, OCDE, Conference Board, Gethin-Saez, etc.) es unánime: la productividad real estadounidense ha crecido en torno a un punto porcentual anual más que la francesa durante tres décadas. Sólo la fila construida con PPP corrientes hace desaparecer la diferencia —y precisamente por la razón equivocada.
Su conclusión es frontal: el problema de productividad de Europa no es un problema contable. Citan al propio Krugman —“la productividad no lo es todo, pero a largo plazo es casi todo”— para subrayar lo que está en juego: es el crecimiento de la productividad lo que paga los salarios, el Estado de bienestar, el rearme, la transición verde y la investigación en la frontera tecnológica. Persuadirse de que el retraso es una ilusión estadística, advierten, es la mejor receta para no curar lo que de verdad aqueja a Europa —las debilidades que documentó el informe Draghi.
España en el espejo: doble desventaja
Trasladado a España, el cuadro es más severo que el de la media europea, y por dos motivos que el gráfico hace visibles de un vistazo.
- España parte de un nivel más bajo. En precios constantes de 2021, su PIB per cápita relativo se sitúa entre 9 y 11 puntos por debajo de la media de la zona euro durante todo el periodo. No es sólo que el bloque diverja de EE.UU.: España diverge desde una posición ya rezagada dentro del propio bloque.
- España cae más. En la métrica de crecimiento real, la zona euro pierde unos 9 puntos (84%→75%) entre 2001 y 2024; España pierde unos 11 (75%→64%), con un desplome adicional en la Gran Recesión y la crisis del euro (2008-2013) del que sólo se ha recuperado parcialmente.
Y, sin embargo, la línea de PPP corriente de España repite el patrón europeo: sube del 62% al 68% y se cruza con la línea de precios constantes hacia 2019-2020, quedándose por encima desde entonces. España reproduce, pues, la misma paradoja que Krugman y Bergeaud-Garicano discuten para el conjunto: convergencia aparente en poder adquisitivo corriente, divergencia real en volumen.
Síntesis crítica: quién tiene razón y en qué
Conviene separar lo que ambas partes comparten de lo que realmente las divide, porque buena parte del calor del debate es un malentendido sobre qué pregunta responde cada línea.
En el plano técnico, Bergeaud y Garicano tienen razón, y Krugman lo concede en su réplica: encadenar PPP corrientes no es una medida de crecimiento real. Diferenciar en el tiempo una comparación que está construida para el espacio introduce un residuo de precios sin contenido de volumen. Usar la línea oscura plana para afirmar que “Europa no se queda atrás” en productividad es, sencillamente, usar el instrumento equivocado. Las siete series independientes que convergen en un diferencial de ~1 punto anual son demasiado robustas para atribuirlas a un sesgo de medición: ningún ajuste de calidad propuesto se acerca a los 18 puntos logarítmicos necesarios para cerrarlo.
Pero sería un error de simetría concluir que Krugman “pierde” el debate. Su tesis fuerte no es contable sino de bienestar, y esa parte queda en pie. Que el crecimiento de la productividad sea más lento en Europa no implica, por sí solo, que el bienestar de los europeos se haya deteriorado en la misma medida, si una fracción sustancial de las ganancias tecnológicas estadounidenses se difunde vía precios a los consumidores europeos. La pregunta de cuánto del excedente tecnológico se queda en EE.UU. (vía salarios y beneficios concentrados) y cuánto se exporta (vía abaratamiento global) es empírica y sigue abierta; Bergeaud-Garicano afirman que el grueso se queda en EE.UU. y que la brecha se ensancha, pero esa es una afirmación que va más allá de lo que su propia tabla de productividad demuestra.
Tres cautelas adicionales, en aras del rigor, impiden una lectura triunfalista en cualquiera de los dos sentidos:
- La vara “buena” tampoco es neutra. La serie en precios constantes hereda los deflactores de las cuentas nacionales; si la medición del sector tecnológico infravalora el crecimiento real europeo —el punto de DeLong— parte de la divergencia observada estaría sobrestimada. La línea clara es más informativa sobre crecimiento, pero no es una verdad incontaminada.
- Niveles y crecimiento no son lo mismo. El gráfico mezcla un nivel relativo (dónde está España) con su evolución (hacia dónde va). El diagnóstico de política depende de cuál importe: para el poder adquisitivo de un hogar hoy, el nivel corriente es relevante; para la sostenibilidad del Estado de bienestar a 20 años, lo es la trayectoria del crecimiento.
- La agregación de la zona euro y las revisiones del año base (el benchmark ICP de 2021) desplazan las series y deben tomarse como órdenes de magnitud, no como decimales.
La conclusión equilibrada, para España, es a la vez clara e incómoda. La métrica correcta para hablar de productividad —la de crecimiento real— muestra una divergencia inequívoca respecto a EE.UU. y un rezago persistente dentro de la propia zona euro. No es un espejismo estadístico: es coherente con cada fuente independiente y con el diagnóstico estructural del informe Draghi (mercados fragmentados, empresas demasiado pequeñas, mercados de capital poco profundos, déficit en la frontera tecnológica). El acierto de Krugman —recordar que el bienestar no se mide sólo por la productividad medida y que la difusión tecnológica amortigua la brecha de niveles de vida— no debería convertirse en una coartada para la autocomplacencia. Para España, el riesgo no es exagerar el problema, sino, como advierten Aghion, Bergeaud y Garicano, convencerse de que no existe.
Nota metodológica
Réplica exacta de la figura de Krugman para la zona euro con datos del Banco Mundial (World Development Indicators). “PPP” = PIB per cápita, PPA, dólares internacionales corrientes (NY.GDP.PCAP.PP.CD). “Precios constantes 2021” = PIB per cápita, PPA, dólares internacionales constantes de 2021 (NY.GDP.PCAP.PP.KD). Cada serie se expresa como cociente país/EE.UU. × 100. Códigos: España (ESP), zona euro (EMU), Estados Unidos (USA). Periodo 2001-2024.
Fuentes citadas: P. Krugman, “Europe’s Tech Lag: Does It Matter?” (Substack, dic. 2025) y respuesta en Project Syndicate (mayo 2026); P. Aghion, A. Bergeaud y L. Garicano, “The Mismeasurement of European Productivity” (Silicon Continent, mayo 2026); R. Inklaar (2026); M. Draghi, informe sobre la competitividad europea (2024).




