Por Rosario Gandoy, Catedrática de Economía Aplicada de la Universidad de Castilla la Mancha.

Imagen GVC y Covid

Las cadenas globales de valor son uno de los rasgos principales de la globalización económica. Su expansión en las tres últimas décadas solo puede entenderse en el marco de la liberalización de los flujos comerciales y de capital asociados a la globalización, que permitió aprovechar los avances en las tecnologías de la información y la comunicación para potenciar estrategias empresariales basadas en la fragmentación internacional de la producción. En estas, los procesos de fabricación se segmentan en múltiples etapas independientes y cada una de ellas se sitúa allí donde pueda ejecutarse a un menor coste, al margen de su distancia geográfica. En general, las empresas de las economías avanzadas desplazaron las etapas más intensivas en mano de obra hacia localizaciones con abundancia de mano de obra y reducidos costes salariales, configurándose cadenas globales de valor en las que empresas de distintos países participan coordinadamente en la producción de los bienes. China y otras economías asiáticas han sido destinos prioritarios.

Este proceso no ha sido ajeno a las críticas, particularmente en las economías avanzadas, donde las deslocalizaciones de actividad y empleo asociadas a la formación de las redes de producción han acentuado la pérdida de tejido industrial. Sin embargo, su avance no se ha detenido hasta 2011, cuando los vientos de cola que impulsaron la expansión de las cadenas de valor empezaron a cambiar de rumbo.  La escalada proteccionista en el comercio, el cambio de orientación hacia el mercado interno en China y la reducción de la brecha salarial entre las economías avanzadas y emergentes asiáticas han reducido el atractivo y la presencia de cadenas globales. Aun así, actualmente, el 50% del comercio mundial está vinculado a cadenas globales de valor. Es difícil encontrar producciones industriales que se produzcan íntegramente en un territorio.

Pero, a pesar de que múltiples ejemplos de fracaso y vuelta a casa de producciones deslocalizadas venían dando señales de que las cadenas globales no siempre eran la mejor solución para garantizar la competitividad de las producciones, ha sido la irrupción de la pandemia del Covid-19 la que ha desvelado con toda crudeza los riesgos de las cadenas globales de valor. La interconexión productiva que entrañan las cadenas de valor actuó como un canal de transmisión, desde China al resto del mundo, de los efectos de la pandemia sobre la producción.

La pandemia comenzó en Wuhan, origen del 25% de la producción mundial de fibra óptica. Es la capital de la provincia de Hubei, donde se localizan numerosas empresas de alta tecnología suministradoras de componentes a la industria mundial de electrónica, telecomunicaciones y automoción. El confinamiento y la paralización de la producción en China provocó una interrupción de suministros, poniendo en riesgo la continuidad de los procesos de producción en el resto de los países participantes en la cadena de producción. Gran parte de las economías avanzadas se han visto afectadas, tanto por su dependencia directa de bienes intermedios de origen chino como, indirectamente, por la dependencia de producciones chinas de sus proveedores de otros países.

La escasez de abastecimientos se vio agravada por dos rasgos intrínsecos a las cadenas de valor. El primero es la especialización y los estrechos vínculos que se establecen entre los eslabones de la cadena. Para que el proceso de fabricación disperso geográficamente funcione adecuadamente es necesario una estrecha coordinación y confianza entre los participantes. No es fácil encontrar al proveedor adecuado, capaz de responder a los requerimientos técnicos, de calidad y plazos necesarios para garantizar la viabilidad de la red y de hacer un buen uso del conocimiento transferido. Por tanto, los suministros tienden a confíarse a proveedores especializados concretos. Esta concentración de los suministros intermedios aumenta el peligro de interrupción de la cadena cuando por alguna razón se incumplen los compromisos. Sucedió cuando el terremoto de Japón, en 2011, obligó a cerrar las fábricas de automóviles en Detroit y ha vuelto a ocurrir con la pandemia. Los datos referidos a EEUU muestran cómo, durante la pandemia, las empresas dependientes de importaciones intermedias chinas no han podido reemplazar a sus proveedores con la agilidad necesaria, enfrentándose a problemas de abastecimiento.

El segundo rasgo tiene que ver con la gestión de los inventarios. La extrema coordinación de las cadenas de valor, el control y la precisión en las entregas de inputs intermedios, permitió ajustar los costes de producción reduciendo al mínimo los inventarios. La consecuencia ha sido la ausencia de stocks que aliviasen la interrupción de suministros importados.

Pero la incidencia del Covid-19 sobre las cadenas de valor no se limita a la escasez de abastecimientos. La extensión de la enfermedad y la distinta pauta temporal de las medidas de confinamiento generan nuevas rondas de efectos en la economía mundial derivadas, ahora, de la caída de la demanda y actividad en las principales potencias industriales: EEUU y Alemania.

Es más, a la creciente desconfianza en un modelo productivo basado en la dependencia exterior de suministros industriales se añade la indignación provocada por la carencia de producción nacional imprescindible. La escasez de productos sanitarios para hacer frente a la pandemia – mascarillas, respiradores- ha acentuado las voces que, desde muy distintos estamentos, claman por la necesidad de reducir la dependencia externa, el retroceso de las cadenas globales de valor y el retorno a casa de la actividad industrial.

El Covid-19 ha enfatizado la necesidad de repensar el modelo productivo actual y, sin duda, va a provocar una reconfiguración de las cadenas globales de valor. Probablemente ello no conduzca, como apuntan algunos, al retorno de la producción al mercado doméstico, sino más bien a una reestructuración que otorgue un mayor peso a la seguridad en los abastecimientos a costa de la competitividad. La tendencia parece ir hacia cadenas de valor más cortas, entre países más cercanos geográficamente y con lazos culturales y, a poder ser, institucionales. La diversificación de los suministros y una mayor provisión de inventarios, especialmente en los inputs y bienes estratégicos, afloran como elementos indispensables para hacer frente a posibles perturbaciones futuras.

Esta entrada fue previamente publicada en Alternativas Económicas, junio, 2020.

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