Esta entrada constituye un resumen del trabajo publicado en Applied Economic Analysis (vol. 29, nº 87), con el título de “Aid effectiveness: when aid spurs investment” de Felicitas Nowak-Lehmann y Elena Gross  de la Universidad de Göttingen, Alemania.

Lectura completa: https://www.emerald.com/insight/content/doi/10.1108/AEA-08-2020-0110/full/html


Los países pobres necesitan un gran impulso, es decir, grandes cantidades de inversiones, para emprender el camino del desarrollo económico desde su actual estado de subdesarrollo. La ayuda externa puede servir como un medio para compensar los bajos ahorros internos y otras limitaciones financieras. Sin embargo, que la ayuda promueva la inversión depende de la sustituibilidad entre ahorro doméstico y ahorro externo y de los efectos de encadenamiento del proyecto de inversión y, por lo tanto, vale la pena estudiar empíricamente el impacto de la ayuda en la inversión y dejar que los datos hablen.

Al hacerlo, encontramos que la ayuda no estimula la inversión cuando los países se enfrentan a condiciones desfavorables (como un pasado colonial, ser un país sin acceso al mar y estar a gran distancia de los mercados) y sufren de baja calidad institucional. Parece que la dependencia de decisiones previas (path dependency) y el equilibrio económico de bajo nivel tienen un efecto sobre el gasto de inversión y que el pasado histórico influye en la calidad de las instituciones y estructuras administrativas, proporcionando la base y la seguridad para las decisiones de inversión actuales. Por el contrario, la ayuda siempre es eficaz para aumentar la inversión cuando aumenta la cantidad relativa de ayuda. Esto es válido para entornos con niveles de ayuda iniciales relativamente altos y bajos. Cuando los países disfrutan de condiciones favorables, tienen buenas instituciones o reciben una relación entre la ayuda y el PIB por encima de la mediana (más del 2%), la ayuda promueve la inversión de manera significativa. Así, nuestra evidencia empírica sugiere que, para atraer inversiones, la ayuda al desarrollo debería otorgarse en cantidades  que excedan el 2% del PIB del país receptor.

Además, los datos muestran que la cantidad de inversión generada por un dólar de ayuda es baja en África en su conjunto, especialmente en África subsahariana. En estas regiones, los efectos de encadenamiento de la inversión parecen ser menores que en el norte de África y Oriente Medio, donde el rendimiento de la ayuda es mayor.

La diferenciación entre los subcomponentes de la ayuda reveló que el impacto positivo de la ayuda sobre la inversión está impulsado por la ayuda financiada tanto bilateral como multilateralmente, aunque la segunda es más eficaz para promover la inversión. Curiosamente, encontramos que tanto la ayuda relacionada con la inversión como la no relacionada con la inversión (dirigida a los sectores de la salud y la educación) también son eficaces para promover la inversión. También hay pruebas de que las ayudas a la infraestructura estimulan la inversión. No se pudo encontrar ningún efecto de impulso de la inversión para las ayudas asignadas para la mejora de las instituciones. Sin embargo, incluso si la ayuda otorgada para mejorar las instituciones no aumenta la inversión directamente, podría hacerlo indirectamente, si logra mejorar la calidad institucional.

El Pacto del G-20 con África como agenda política tiene como objetivo aumentar las relaciones de inversión entre inversores privados de países industrializados y países en desarrollo. Sin embargo, la iniciativa no debe ignorar que la ayuda al desarrollo en sí misma contribuye a la inversión en los países en desarrollo y cumple su propósito si las condiciones del país son favorables en términos geográficos e institucionales y si la cuantía de la ayuda al desarrollo es suficiente.

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