Por José Antonio Martínez Serrano, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia.

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En los dos últimos meses se han multiplicado las especulaciones sobre el impacto geopolítico de la pandemia del COVID-19. Las opiniones son diversas, e incluso totalmente opuestas. Por un lado, hay quienes pronostican que los efectos de la pandemia acelerarán las tendencias que ya se apreciaban hacia un cambio radical en el orden mundial -con China como claro ganador en el panorama internacional-, hasta quienes mantienen todo lo contrario y opinan que China pagará las consecuencias de su opacidad en las relaciones económicas y, en particular, en la gestión inicial de la pandemia. Paralelamente, hay una corriente de opinión que considera que en los últimos veinte años se ha producido una hiperglobalización, con perjuicios notables en las economías avanzadas, frente a los que consideran que hay que profundizar, mejorar y extender la globalización hasta el último rincón de la tierra.

La idea de que China saldrá potenciada de esta crisis se basa en que tanto ella, como la mayoría de los países del sureste asiático, han sido más competentes que el mundo occidental en combatir la pandemia. La razón de ello residiría, en última instancia, en la mayor calidad de sus sistemas de gobierno. Aunque hay grandes diferencias entre sistemas comunistas, como China o Vietnam, y otros democráticos, como Corea del Sur, Taiwán o Singapur, todos estos países comparten una misma cultura que promueve que sus gobiernos estén dirigidos por los mejores y más brillantes de sus ciudadanos. Algunos llegan más lejos y contraponen el éxito de sociedades más intervencionistas en la asignación de recursos en la economía, como China, frente al modelo occidental que descansa en mayor medida en la iniciativa individual. Por eso no se duda en afirmar que ha acabado la era del dominio occidental y su sustitución por una economía y sociedad global tutelada por el mundo asiático y especialmente por China.

Cómo ha señalado el profesor Joseph S. Nye deberíamos ser escépticos respecto a la idea de que la pandemia lo cambia todo y al aforismo de que grandes causas tienen grandes efectos. Es difícil pensar que China saldrá fortalecida en detrimento de EEUU, y mucho menos que haya llegado el fin de la globalización, ni siquiera su ralentización. Hay varias razones para ello.

En primer lugar, la potencia en ascenso, China, y con ella la mayoría de los países del sudeste asiático, han sido los principales beneficiarios de la globalización. Cualquier indicador económico muestra las inmensas ganancias obtenidas gracias a su integración en la economía mundial. Aunque quizá ningún otro indicador lo muestra con mayor contundencia como la evolución de la pobreza extrema en China que, de representar alrededor del 40% de la población en 1985, ha pasado a menos del 10 % en la actualidad.

En segundo lugar, la globalización ha sido el resultado de unos avances técnicos fabulosos, fundamentalmente debido a las tecnologías de la información y la comunicación, que han permitido una gestión de los procesos productivos de las manufacturas a escala global. Estos avances ni han desaparecido, ni se han estancado, sino todo lo contrario, ya que su evolución augura una revolución en los servicios que favorecerá una mayor integración de la economía mundial. Es lo que Baldwin ha denominado la globótica, de modo que la nueva tecnología y la globalización transformarán profundamente nuestro modo de producción y vida.

En tercer lugar, la crisis en el suministro de equipos médicos para combatir la pandemia llevó, en un primer momento, a una reacción antiglobalización y al deseo de sustituir con producción nacional los productos que no llegaban internacionalmente. Esta es una reacción natural, pero no debe llevarnos a la confusión. Nada como un mercado global es capaz de movilizar los recursos a una escala sin precedentes para satisfacer las necesidades provocadas por la pandemia. La globalización está siendo el mejor instrumento para combatir la COVID-19. La globalización salva vidas. Los egoísmos nacionales las destruyen.

En cuarto lugar, China ha hecho grandes esfuerzos para conseguir avances tecnológicos y militares con sus programas Made in China 2025, la Nueva Ruta de la Seda y la Fusión Militar-Civil, con los que pretende liderar y dominar el mundo. Pero en la actualidad el liderazgo tecnológico de EEUU es indiscutible en todos los campos.

En quinto lugar, China no es un país fiable y honesto. Es opaco en la información que suministra y tiende a violar las normas internacionales. Tiene la suerte de que actualmente se enfrenta a un presidente de EEUU escasamente interesado en desempeñar un liderazgo internacional y que además desprecia a sus aliados tradicionales. Pero el resto del mundo no está dispuesto a tolerar un liderazgo chino, ya que el país tiene más enemigos que amigos: mantiene disputas territoriales con países vecinos; conflictos comerciales y tecnológicos con economías avanzadas y está invadiendo económicamente las economías atrasadas. Por ello, la mayoría de los países con los que mantiene estrechas relaciones la miran con recelo. Así difícilmente saldrá fortalecida de la crisis actual y, mucho menos aún, podrá liderar el mundo.

Estas son las principales razones por las que el mundo va a cambiar poco una vez superada la pandemia. No obstante, la gestión de la pandemia ha puesto de manifiesto que hay que renovar, modernizar y actualizar el orden internacional para evitar dependencias excesivas de un solo país; que hay que estandarizar las normas que regulan la calidad de los productos para evitar estafas internacionales y que, en general, hay que potenciar protocolos plurilaterales sobre el comportamiento de los agentes privados y públicos en el comercio y la inversión internacional. Para ello, ya se están realizando esfuerzos en el G20 para tomar las riendas de la gobernanza internacional y favorecer la adopción de medidas y reformas de los organismos internacionales (Organización Mundial del Comercio, FMI, Banco Mundial, Organización Mundial de la Salud, FAO, etc.) que sirvan mejor a la consecución de un mayor progreso y bienestar de nuestras sociedades. Aunque la actitud de EEUU y China no augura grandes esperanzas.

Publicado en la revista Alternativas Económicas nº 81, junio 2020

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