Por Maite Blázquez (Universidad Autónoma de Madrid), Marco A. Pérez Navarro (Universidad Autónoma de Madrid) y Rocío Sánchez-Mangas (Universidad Autónoma de Madrid)

En las últimas décadas, la educación superior se ha consolidado como uno de los pilares fundamentales del desarrollo económico y social. Contar con una población altamente cualificada es clave para impulsar la innovación, mejorar la productividad y favorecer un crecimiento económico sostenido. A nivel individual, las personas con estudios universitarios suelen tener mayores tasas de empleo, salarios más elevados y una mejor capacidad para adaptarse a los cambios económicos. No es casual, por tanto, que la Unión Europea haya situado la educación superior en el centro de sus estrategias, fijando como objetivo que al menos el 40 % de la población de entre 30 y 34 años con estudios terciarios, una meta alcanzada ya en 2019.

Sin embargo, el mero aumento del nivel educativo no garantiza por sí solo una mejora en la calidad del empleo. Cada vez resulta más evidente que la empleabilidad y las trayectorias profesionales dependen no solo del nivel de estudios alcanzado, sino también de que exista un buen ajuste entre la formación recibida, las competencias adquiridas y las tareas que se desempeñan en el puesto de trabajo. Cuando este ajuste no se produce y las personas trabajan en empleos que requieren un nivel educativo inferior al que poseen, hablamos de sobre-educación. Este fenómeno se ha extendido en muchos países desarrollados y constituye hoy una importante preocupación desde el punto de vista económico y social.

En Europa, alrededor del 22 % de las personas ocupadas presentaban en 2019 algún grado de sobre-educación, porcentaje que ascendía hasta casi el 25 % entre los jóvenes titulados universitarios. España destaca especialmente en este ámbito: más de un tercio de los universitarios ocupados se encuentran en puestos por debajo de su nivel formativo. Esta situación no sólo supone una pérdida de bienestar individual, sino también un desaprovechamiento del capital humano y una merma potencial de la productividad agregada.

El ciclo económico y la sobre-educación

La probabilidad de que un titulado universitario desempeñe un trabajo para el que está sobre-educado no es independiente del contexto económico en el que inicia su carrera profesional. En épocas de crisis, caracterizadas por elevadas tasas de desempleo y escasez de puestos cualificados, los jóvenes suelen verse obligados a aceptar empleos que no se ajustan a su formación. Este primer desajuste puede tener efectos persistentes a lo largo del tiempo, condicionando negativamente su trayectoria laboral futura.

En un trabajo reciente publicado por los autores, se analiza precisamente cómo influyen las condiciones macroeconómicas en la incidencia y persistencia de la sobre-educación entre los graduados universitarios en España. Para ello, se comparan dos cohortes de titulados: quienes finalizaron sus estudios en 2010, en pleno contexto de la Gran Recesión, y quienes lo hicieron en 2014, cuando la economía española ya había iniciado una fase de recuperación. Esta comparación permite evaluar hasta qué punto el momento de entrada en el mercado de trabajo marca diferencias duraderas en la calidad del empleo.

Los resultados muestran con claridad que graduarse en un periodo de recesión incrementa significativamente el riesgo de sobre-educación años después. En concreto, quienes se incorporaron al mercado laboral en un contexto de recuperación económica presentan una probabilidad de estar sobre-educados cinco años más tarde aproximadamente 10 puntos porcentuales menor que quienes lo hicieron durante la crisis. Este hallazgo confirma que el ciclo económico desempeña un papel clave en la transición de la universidad al empleo.

La importancia de la carrera estudiada

Más allá del contexto macroeconómico, el campo de estudios elegido también resulta determinante. No todas las titulaciones ofrecen las mismas oportunidades de inserción laboral ni el mismo grado de ajuste entre formación y empleo. Algunas carreras están más orientadas a ocupaciones específicas y reguladas, mientras que otras proporcionan competencias más generales y transferibles, menos directamente vinculadas a puestos concretos.

El análisis revela una marcada heterogeneidad entre ramas de conocimiento. Los titulados en Ciencias de la Salud presentan sistemáticamente los niveles más bajos de sobre-educación, tanto en términos de incidencia como de persistencia, y además son los menos sensibles a las fluctuaciones del ciclo económico. Esto puede explicarse por el carácter altamente especializado de estos estudios y por una demanda relativamente estable de profesionales sanitarios, incluso en contextos de crisis.

También los graduados en Ingeniería y Arquitectura y en Ciencias muestran un menor riesgo de sobre-educación en comparación con quienes cursaron estudios de Artes y Humanidades, que constituyen el grupo más vulnerable. Los titulados en Ciencias Sociales y Jurídicas ocupan una posición intermedia, con un riesgo menor que el de humanidades, pero superior al de las ramas más técnicas.

Un aspecto especialmente relevante es que la influencia del ciclo económico no es homogénea entre campos de estudio. Mientras que en salud las diferencias en la incidencia de la sobre-educación entre graduados en período de crisis o de expansión son reducidas, en ingeniería, arquitectura y ciencias sociales el contexto económico resulta mucho más decisivo. Por ejemplo, los titulados en ingeniería que se graduaron en 2014 experimentaron una notable reducción del riesgo de sobre-educación respecto a quienes finalizaron sus estudios en dicha rama en 2010, en parte como consecuencia del fuerte impacto que la crisis tuvo sobre sectores como la construcción.

La persistencia de la sobre-educación

La sobre-educación no es sólo un problema puntual del primer empleo. Uno de los resultados más contundentes del estudio es que se trata de un fenómeno persistente. Haber estado sobre-educado en el primer trabajo tras la graduación incrementa de manera significativa la probabilidad de seguir estándolo cinco años después.

Esta persistencia es especialmente acusada entre quienes entraron en el mercado laboral durante la recesión. En este grupo, haber comenzado la carrera profesional en un puesto por debajo del nivel formativo aumenta en más de 30 puntos porcentuales la probabilidad de seguir sobre-educado cinco años más tarde. En cambio, entre quienes se graduaron en un contexto de recuperación, este efecto se reduce notablemente, aunque no desaparece.

De nuevo, el campo de estudios introduce importantes matices. Los titulados en Ciencias de la Salud presentan una menor persistencia de la sobre-educación, incluso cuando comienzan su trayectoria en empleos no ajustados a su formación. En el extremo opuesto, los graduados en Artes y Humanidades muestran una elevada probabilidad de permanecer sobre-educados a lo largo del tiempo, independientemente de la coyuntura económica.

Competencias transversales y ajuste educativo

Un elemento novedoso del estudio es el análisis del papel que juegan las competencias transversales — los idiomas, las habilidades digitales, la gestión o las capacidades sociales— en la reducción del riesgo de sobre-educación. Los resultados sugieren que estas competencias pueden actuar como un mecanismo compensador cuando el ajuste entre el empleo y los conocimientos teóricos adquiridos no es óptimo.

En particular, habilidades como el dominio de idiomas, las competencias en tecnologías de la información o las capacidades de gestión parecen ser especialmente útiles para reducir la probabilidad de sobre-educación en aquellos casos en los que el puesto de trabajo no se ajusta bien a la formación teórica del graduado. Este efecto varía según el campo de estudios, lo que refuerza la idea de que no existe una solución única para todos los titulados.

Implicaciones para las políticas públicas

Los resultados del estudio tienen importantes implicaciones para el diseño de políticas educativas y de empleo. En primer lugar, ponen de manifiesto que aumentar el número de titulados universitarios, aunque necesario, no es suficiente. Es imprescindible prestar atención a la calidad del empleo y al grado de ajuste entre formación y trabajo.

En segundo lugar, las políticas deben tener en cuenta el ciclo económico. Las cohortes que se gradúan en periodos de crisis requieren un apoyo específico, ya que las desventajas iniciales pueden prolongarse durante años. Las políticas activas de empleo, los programas de recualificación y las medidas de apoyo a la contratación pueden desempeñar un papel clave para evitar que la sobre-educación se cronifique.

Asimismo, los resultados apuntan a la necesidad de diseñar estrategias diferenciadas por campos de estudio. Mientras que algunos titulados pueden beneficiarse de medidas temporales en momentos de recesión, otros requieren cambios más profundos en la orientación de los estudios y en el desarrollo de competencias relevantes para el mercado laboral.

Finalmente, el estudio subraya la importancia de la colaboración entre universidades, empresas y administraciones públicas. Las instituciones educativas tienen dificultades para anticipar con precisión las demandas futuras de competencias, y las empresas deben implicarse más activamente en la formación y el desarrollo del capital humano. Los servicios de orientación profesional y las políticas de información también resultan esenciales para ayudar a los estudiantes a tomar decisiones formativas mejor informadas.

En un contexto de rápidos avances tecnológicos y creciente polarización del mercado de trabajo, abordar los desajustes entre educación y empleo se convierte en un reto central para garantizar no sólo la prosperidad económica, sino también la cohesión social. Este estudio aporta evidencia valiosa para avanzar en esa dirección y pone de relieve que el momento de graduarse, la carrera elegida y las competencias adquiridas importan, y mucho, en la transición de la universidad al mundo laboral.

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