La crisis económica asociada a la pandemia del covid-19 (Gran reclusión, como la ha bautizado el Fondo Monetario Internacional) va a tener desgraciadamente un impacto brutal en España tanto sobre la actividad económica como sobre el mercado de trabajo. A pesar de la enorme incertidumbre que existe actualmente sobre la evolución que va a experimentar la situación en términos sanitarios y, en relación con ello, sobre el ritmo de desescalada y de vuelta a la normalidad económica, las previsiones de las que disponemos actualmente son muy preocupantes. Así, el Fondo Monetario Internacional en su reciente informe de abril de Perspectivas de la economía mundial pronosticaba una caída del PIB español del 8% para 2020, lo que es equiparable a la caída acumulada durante cinco años a lo largo de la crisis asociada a la Gran recesión, así como un aumento de la tasa de desempleo hasta el 20%. En el mismo sentido, el Banco de España pronostica recientemente una caída del PIB en 2020 en una horquilla que va del 6,6% al 13,6% y conforme al indicador adelantado del INE que se ha publicado esta misma semana el PIB cayó en el primer trimestre del año un 5,2%. Este último registro no tiene parangón en la historia económica reciente de nuestro país (durante la Gran recesión la caída trimestral del PIB más intensa fue del 2,6% en el primer trimestre de 2009) y sólo sostiene la comparación con algunos de los peores momentos del siglo pasado en el contexto de la Guerra Civil y los años de postguerra.

El enorme deterioro de la actividad económica se va a trasladar intensamente al mercado de trabajo. Esto es así dado que, debido a las características de las principales instituciones asociadas que regulan el mercado de trabajo en España, el empleo presenta una gran elasticidad ante cambios en el PIB (según diversas estimaciones esta elasticidad se encuentra, de hecho, entre las más elevadas de todos los países desarrollados). Esta circunstancia implica que en contextos expansivos como el de los últimos años el ritmo de creación de empleo es muy intenso, situándose a la par que el de la actividad económica, pero que en contextos recesivos la destrucción de empleo es también muy significativa. Esta circunstancia se apreció en toda su extensión durante la última crisis económica, donde con una caída acumulada del PIB en el entorno del 9% la tasa de desempleo se triplicó hasta alcanzar máximos históricos, pasando del 8,5% de la población activa a valores superiores al 26%.

Dada la magnitud del empeoramiento en la actividad económica y la fuerte elasticidad del empleo se avecinan, en suma, muy malos tiempos en el terreno laboral. La Encuesta de Población Activa (EPA) correspondiente al primer trimestre de 2020, publicada esta misma semana (pueden consultarse aquí los resultados detallados y la nota de prensa del INE), permite entrever los efectos tan negativos de la crisis. No obstante, cabe destacar que lo hace de forma muy parcial por diversos motivos. El primero es que las entrevistas a los hogares que conforman la base de la encuesta se reparten de forma homogénea a lo largo del trimestre, por lo que las consecuencias del estado de alarma y del confinamiento general de la población únicamente se apreciarían en las últimas 2 semanas de las 13 que conforman el trimestre. En segundo lugar, porque la caída del empleo se ha visto amortiguada por el uso extendido de expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) y al hecho de que, en consonancia con la metodología de la Organización Internacional del Trabajo, los trabajadores afectados (en torno a medio millón hasta finales de abril según información de la propia EPA) se siguen considerando ocupados. En tercero, porque el impacto de la crisis en el desempleo resulta distorsionado, además, por el hecho de que la excepcional situación que atravesamos ha dificultado que muchos trabajadores sin empleo pudieran cumplir con los dos requisitos necesarios para ser considerados desempleados (haber buscado de forma activa trabajo en las semanas previas y estar disponible para desempeñar un empleo), por lo que los mismos engrosan la inactividad en lugar del desempleo. Esta circunstancia se aprecia claramente en un aumento de la población inactiva inusualmente alto (260.000 personas), así como en el hecho de que las categorías relativas a la clase principal de inactividad y los motivos para no buscar empleo que alegan los nuevos inactivos no encajan con las habituales, como estar estudiando, jubilado o dedicado a las labores del hogar.

Aun así, los datos de la EPA revelan ya los primeros indicios del fuerte deterioro laboral asociado a la crisis. En el caso del empleo se ha producido una fuerte reducción, con una caída respecto al trimestre anterior de 285.000 personas que ha dejado el número total de ocupados por debajo de los 20 millones. Aunque esta caída del empleo es relativamente habitual durante el primer trimestre del año, frecuentemente negativo para el mercado de trabajo por motivos estacionales, su magnitud es equiparable a la de algunos de los peores momentos de la Gran recesión. Con todo, es muy posible que sea la caída intertrimestral de las horas efectivas de trabajo totales, superior al 4%, la que refleje en mejor medida la magnitud del desplome del empleo. En lo que respecta al desempleo, la tasa de desempleo ha aumentado únicamente seis décimas, hasta el 14,4%, debido al aumento en 121.000 trabajadores desempleados. Aun a pesar de estar muy mitigado por los fuertes aumentos de la población inactiva, tal y como se señalaba previamente, se trata en cualquier caso del mayor aumento del desempleo en nuestro país desde 2012.

Como es habitual en nuestro mercado de trabajo, el empeoramiento laboral que revela la EPA no es en absoluto homogéneo. Así, aunque el deterioro del empleo ha sido relativamente similar por género o nacionalidad, se ha cebado especialmente con los trabajadores del sector privado y los servicios, los ubicados en ciertas regiones con estructuras productivas más susceptibles a los efectos negativos de la crisis (como Baleares) y aquellos en situación más precaria. En este sentido, la destrucción de empleo ha afectado comparativamente en mayor medida a los trabajadores con jornada parcial y, especialmente, a los temporales (de modo que, como es habitual en contextos de crisis, la tasa de temporalidad ha caído hasta el 25%) si bien, afortunadamente, ha afectado en menor medida a colectivos laborales vulnerables como los jóvenes y los de mayor edad. Finalmente, otro motivo de preocupación es el aumento significativo de hogares con todos sus miembros en paro (actualmente por encima del millón) y de los hogares en los que nadie recibe un ingreso (en torno a 600.000).

En suma, la EPA del primer trimestre permite únicamente entrever el fortísimo deterioro laboral que se va a producir previsiblemente durante este año, dada la magnitud de la caída que se espera en la actividad económica. Este deterioro va a ser plausiblemente muy acusado, si bien podría ser mitigado si el uso generalizado de los expedientes de regulación temporal de empleo por primera vez por parte de las empresas españolas se acabara traduciendo en una reducción del recurso tradicional a la flexibilidad externa (ajustes de empleo) en detrimento de la flexibilidad interna (ajustes de salarios y jornada). En este sentido, cabe destacar que cifras oficiosas sitúan el volumen total de afectados por un ERTE durante esta crisis en torno a 3-4 millones de trabajadores.

En consecuencia, habrá que esperar a la EPA del segundo trimestre para poder apreciar mejor la magnitud del enorme descalabro laboral que se avecina, si bien todo dependerá del ritmo de desescalada y de su aplicación de las distintas fases por territorios. Esa edición será particularmente interesante, además, porque el INE ha decidido incluir en ella de forma excepcional para la versión trimestral de la encuesta preguntas que permitirán analizar con más detalle elementos como el teletrabajo, las causas de los despidos o supresiones del puesto de trabajo y la atipicidad de la jornada laboral de los trabajadores de las ocupaciones consideradas esenciales durante el estado de alarma.

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